Como si fuera ayer. Recibe el balón en la mitad de la cancha. La pisa, retrocede, la tira larga y deja a dos en el camino (a Beardsley y Reid), los primeros dos de una lista de víctimas perpetuadas hace ya 30 años. Fue Diego Armando Maradona, el mejor jugador de todos los tiempos. Butcher también queda en ridículo. El Diego, "trancazo" de por medio, lo gambetea. Y viene uno más, Fenwick, hace un intento de pararlo con el brazo, pero no puede, nadie puede. Maradona iba a 200km/h, exageración mediante. Y aparece la quinta víctima del mejor gol de la historia, el arquero Shilton: se arroja al suelo inútilmente, se come el amague y ve pasar al 10 con el último resto que le queda. Puntín y golazo. Maravilloso y genial. Sublime.
Fueron los diez segundos más memorables de aquella histórica y siempre recordada victoria de Argentina sobre Inglaterra por 2 a 1, por los cuartos de final del Mundial de México 86. Hace 30 años, parece que no son nada.
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Apenas había comenzado el segundo tiempo (10 minutos). Maradona ya había puesto de rodilla a los ingleses con aquel gran salto y puñetazo para burlar a Shilton, más víctima que nunca, al árbitro turco Ali Bin Nasser y a todo un país "enemigo" de los argentinos por entonces. Es que, dicen quienes vivieron a pleno en la década del 80, separar la política y el fútbol era prácticamente imposible, hasta el día de hoy, inclusive. Cuatro años después de la Guerra de Malvinas, algunas agrupaciones pidieron que la Selección se retire de ese Mundial cuando Inglaterra apareció en el camino. Tampoco prosperó el pedido del minuto de silencio por los caídos en la guerra. Acertadas decisiones para no desnaturalizar el juego, más allá del sentimiento argento.
Todo aquello ha llevado a un país entero a festejar ese gol con la mano, artero, premeditado y devastador para los ingleses, por parte del Diego, aunque no más que las bajas por defender un pedazo de nuestra tierra. Hoy, las nuevas generaciones se deleitan con viejas e incomparables imágenes de la gran burla mundial en el fútbol, sencillamente, denominada "la mano de Dios".
La Selección, que siete días después levantaría la Copa del Mundo en el mismo estadio donde cacheteó a Inglaterra, el imponente y mítico Azteca del Distrito Federal, llegó a ese 22 de junio con una campaña que crecía directamente proporcional a la sorpresa e ilusión de la gente.
Otro dato curioso que comenzó a ganar los portales y las redes sociales en la víspera fueron las camisetas improvisadas que utilizó el equipo argentino ese domingo. Bilardo no estaba conforme con la calidad de la camiseta suplente (azul) y mandó a confeccionar una nueva a la que tuvieron que bordarle los números y coserle el escudo de la AFA. Todo hace 30 años, como si fuera ayer.

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