Cuando los navegantes olímpicos compitan en Río de Janeiro las cámaras mostrarán un espectacular paisaje soñado para la televisión, con montañas y aguas tropicales que destellan al sol. Por suerte, los millones de telespectadores no sentirán el olor.
Más de nueve millones de personas viven en Río y en ciudades en torno a la Bahía de Guanabara. En el mejor de los casos, solo la mitad de las aguas servidas que producen es tratada antes de desembocar en el corazón acuático de la ciudad. Increíblemente, el hecho de competir en una letrina gigante -que según investigadores brasileños contiene superbacterias resistentes a antibióticos- no es la inquietud principal de los atletas.
Son los objetos grandes y flotantes capaces de desacelerar o incluso dañar los barcos y los sueños de una medalla los que perturban el sueño de atletas como la brasileña Kahena Kunze y su compañera de la clase 49er Martine Grael. La recolección de basura en el área metropolitana de Río no es mejor que el tratamiento de las aguas servidas, y la bahía está repleta de bolsas y botellas de plástico, muebles viejos y animales muertos.
Martine Grael, hija del quíntuple medallista olímpico brasileño Torben Grael, es una feroz crítica del fracaso en descontaminar la bahía. Una foto que recorrió las redes sociales la muestra remando en Guanabara, pretendiendo mirar la televisión en un aparato que acaba de encontrar. Su hermano Marco, que también integra el equipo de vela brasileño, dijo que todos los competidores corren los mismos
riesgos. Una simple bolsa de plástico tiene el potencial de arruinar una carrera.
El mejor aliado de los navegantes será la Madre Naturaleza: las mareas mantienen las áreas escogidas para las competencias relativamente limpias, mientras el clima seco de agosto, en pleno invierno austral, trae menos lluvias para empujar la basura corriente abajo.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial



Comentá esta noticia