Como profeso y tozudo admirador del mejor jugador del mundo, mis compañeros de oficina, tan frustrados, tristes e impotentes como yo, me buscaron para rebatirme una convicción personal que seguirá siendo inamovible. "¿Y ahora qué vas a decir de Messi?", vociferaron. Sin darles la razón, agaché la cabeza con la tristeza y el hastío de quien, al igual que los detractores del 10, se cansó de ver a forasteros enrostrarnos una copa en la cara y quitarnos el dulce que soñamos, y de quien se cansó de esperar carrozas y de creer que la impronta individual de los distintos nos bastará para ganar. Y ahí convierto en retórica la pregunta de mis pares: ¿Qué voy a decir ahora de Messi? Sus críticos ya lo dijeron todo: que no tiene el carácter que se le requiere, que carece del carisma deportivo de Maradona y que desaparece en las finales con la celeste y blanca. Puede que tengan razón y que el diminuto hombre que superó dificultades anatómicas y burló mil obstáculos como a pasmados marcadores, con este tremendo peso psicológico, definitivamente, no pueda.
Detrás de su rostro inexpresivo se esconde un hombre de acero que de muy pibe tuvo que sortear la incredulidad de quienes lo rodeaban para que el resto del mundo se le rinda. También es cierto que lleva el estigma maradoniano grabado como marca indeleble en su piel, que cometió el enorme pecado de no ser el mejor de todos los tiempos y que la presión de la comparación eterna quizás sea demasiado para un mortal de 28 años. El mejor de los mortales que hoy goza del privilegio de patear una pelota, por cierto, y pese a todo.

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