¿Ya atraparon al hincha, socio o barra que le provocó la mayor vergüenza a Boca en toda su historia? Difícil que lo hagan. Aunque el bochornoso escándalo en la Bombonera debería ser una advertencia. Pero nada va a cambiar en el fútbol argentino. Basta con mirar la realidad.
Los dirigentes seguirán apañando a los violentos o la Policía mirará para otro lado. Y la Justicia, pata fundamental y, tal vez, la más importante, seguirá ausente. Pasa en Buenos Aires, en Salta y en todos lados.
Encima, la Conmebol no castigó con la dureza que ameritó el caso Boca-River, amén de los más de 40 mil hinchas que se bancaron el papelón y se fueron en absoluta paz. Lo que decidió la Conmebol puede habilitar a los violentos a seguir suspendiendo los partidos cuando un resultado sea irreversible. Total, perdido por perdido... Las garantías para disfrutar de un fútbol en paz no aparecen ni aparecerán.
Como agravante, el argentino tiende también a archivar todo en el olvido. Se adapta fácil a las desgracias y, lo que es peor, se contagia. Pero todo deriva de un sistema corrupto, que nace arriba, claro, y que nadie pretende cambiar.
En la Bombonera quedó clarito que la dirigencia, más precisamente el presidente de Boca, Daniel Angelici, es incompetente, es complaciente y es rehén de ese sistema. Más o menos lo que pasa en Salta con Pepe Muratore en Juventud Antoniana, con Héctor De Francesco en Central Norte y con Marcelo Mentesana en Gimnasia y Tiro.
Nada va a cambiar porque hay que esperar a que suceda algo más grave que tirarles gas pimienta a los rivales. Mientras tanto, el fútbol argentino seguirá directamente expuesto a la violencia.

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