“Ellos son famosos, tienen más dinero, son más reconocidos. Pero nuestro pueblo tiene más necesidad de alegría”, expresaba un conceptualmente claro Jorge Valdano el 28 de junio de 1986, a un día de la final del Mundial de México entre Argentina y Alemania.
Sus palabras eran una perfecta síntesis de la coyuntura política y el humor colectivo que se respiraba en aquellos tiempos de heridas no suturadas y convulsiones sociales de un país ansioso de alegrías genuinas, de esas que solo el fútbol y otros escasos espacios pueden regalarle a un pueblo sediento.
Aún golpeaban en la memoria colectiva de los argentinos los resabios de la más sangrienta dictadura militar y la repudiable y cruenta Guerra de Malvinas, donde miles de inocentes fueron obligados por genocidas a dar su vida por una causa absurda. Pero la realidad de ese 1986 hacía difícil cicatrizar cada puñal, ya que los primeros años de democracia no fueron fáciles y la inflación golpeaba.
Con esa carga a cuestas, 30 millones (por ese entonces) de compatriotas encontraban en la posibilidad de levantar la Copa del Mundo por segunda vez una oportunidad propicia para alivianar los pesares de masas y unirse en un solo grito, pese al escepticismo que rodeaba a al discutido equipo de Bilardo.
Contra todos los pronósticos, los descréditos, las críticas despiadadas -en épocas en que no existía la proliferación de las redes sociales, pero el impacto en contados medios solía ser lapidario-, los 22 gladiadores del Narigón se convirtieron en leyenda en la calurosa tierra mexicana, el más perfecto contraste del frío estival de la Argentina en aquel junio.
Victorias cómodas ante Corea y Bulgaria y un empate ante Italia le dieron el pase a octavos a la Albiceleste. Luego pasó Uruguay y el inolvidable duelo con Inglaterra, el del mito, el de la más maravillosa obra de arte de la historia, pero también el de la Mano de Dios, el que terminó de situar al gran Maradona en la cima del olimpo mundial.
Y pasó Bélgica y otras dos genialidades del “10” hasta llegar a Alemania. Al cabezazo de Brown. Al gol de pizarrón de Valdano y la corrida interminable de Burruchaga tras el pase mágico del gran artista. Para que lo gritemos todos y nos alcemos con la gloria. Divina gloria. Tan añorada en estos tiempos de genios reencarnados y sequías interminables.

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