El fútbol es el fiel reflejo de una sociedad crispada, de una sociedad violenta, que se acostumbró, lamentablemente, a que la agresión sea cotidiana. Ya ningún caso nos conmueve. Nos hace reflexionar. Perdimos el poder de asombro. Y el fútbol no es ajeno a esa violencia de todos los días. Sólo sirve ganar, como sea, pero ganar, sin importar cómo se llega a ese objetivo.
Cuando Carlos Tévez criticó la pobreza en Formosa fue víctima de numerosos epítetos, que, aún hoy, se repiten en las redes sociales: "villerito europerizado". Cómo si nacer en una villa lo hace un ciudadano de cuarta, y que no tiene el mismo derecho de un político de decir lo que siente, lo que ve. Esto también violencia. Y algunos políticos en vez de condenar a quién discriminó, muchos salieron a respaldarlo.
El Apache cometió el sábado una enorme equivocación: fue mal a una pelota y terminó quebrando a Ham, volante de Argentinos. Muchos, un poco más, pidieron la "cárcel" para él; otros lo defendieron. Tévez se equivocó y feo, ¿pero esa es razón suficiente como para lincharlo mediáticamente? No.
El domingo, Pisculichi, volante de River Plate, le pegó un terrible patadón a Aguirre, de Lanús. Por suerte el jugador granate zafó de milagro de una seria lesión. El lunes Farré, de Belgrano, castigó muy feo a Bastía, de Atlético Rafaela, que terminó de pie sólo por casualidad. Ni lo ocurrido con Ham, que estuvo en cadena nacional durante las últimas 48 horas, paró tanta violencia dentro de la cancha.
Pero también hay otros tipos de violencia en nuestra vida diaria que la tomamos con su fuera alguno normal, natural, como cuando transgredimos normas de convivencias básicas. Cuando violamos una ley de tránsito. Cuando no respetamos al prójimo. Cuando discriminamos al otro por su color de piel, su nacionalidad, o por la provincia en la que nació. Utilizamos la palabra "boliviano" como algo despectivo. La palabra "paraguayo" como un insulto. Podríamos dar miles de ejemplos, inclusive, cómo nos tratamos entre salteños, jujeño, o tucumanos.
Tenemos una sociedad crispada y violenta y eso también se refleja en el fútbol, en las tribunas, en un campo de juego, en un colega. El fútbol forma parte de la cultura de la Argentina y es un fiel reflejo de lo que somos como pueblo, como sociedad. Si al fin y al cabo acá el que trangresor siempre sale bien parado. Como decía Discépolo: Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao... Si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón. Si es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de las minas, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley. Es que nosotros somos capos para mirar la paja que hay en el ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial



Comentá esta noticia