A la pelota se le piantó un lagrimón cuando escuchó que Juan Román Riquelme, ese amigo que la hacía gozar a lo grande, que la trataba con delicadeza como pocos, anunció su adiós del fútbol, tras 19 años de desparramar su magia y su fantasía por la Argentina y Europa. Día triste para aquellos que amamos el fútbol.

Boca Juniors era su mundo. Era su lugar. Era el patio de su casa como él mismo muchas veces se cansó de repetir una y mil veces. Es el club que amó desde chiquito. Desde la cuna. No lo defendió pegando patadas, tirándose al piso, con el "huevo, huevo, huevo", lo defendió con inspiración, con talento, con ese don con el cual nació: una pierna derecha que era capaz de pintar los goles, los caños, las pisadas y los pases milimétricos más lindos. Fantasía pura. Fantasía en su máxima expresión.

Amado y odiado. Con él no había términos medios. Idolo intocable para el hincha de Boca, porque cada vez que pisaba la Bombonera, el patio de su casa, la cancha se venía abajo. Pero la admiración por Román traspasaba la frontera de La Boca. El hincha de River Plate lo sufría, pero lo respetaba, porque él promulgaba el fútbol del "paladar negro" ese del cual el club de Núñez está identificado a lo largo de su historia. Román es como Bochini, como Francescoli, como Maradona, como Rubén Paz, tipos capaces de ganar ellos mismos un partido con su sola presencia.
La pelota hoy llora el adiós de Juan Román Riquelme, seguro que se le piantó un lagrimón, ella sabe que se le fue un amigo del alma que la trataba con delicadeza, con admiración, con pasión, y que la hacía gozar a lo grande ...

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