Salta no escapa a la escoria de un país en el que todo pasa y todo se olvida, donde con el bochorno no se escarmienta y la vorágine misma de los sucesos y el flujo informativo constante terminan por enfriar y archivar una noticia cuando sus ecos se apagan. En un país normal el jugador de fútbol sería ejemplo dentro de la cancha y no un salvaje barrabrava cobarde que golpea arteramente de atrás o patea en el suelo a un colega. En un país normal los organismos de seguridad perseguirían, criminalizarían, juzgarían, vedarían el ingreso a las canchas a los violentos (sean dos, tres o 20 mil) y brindarían todas las herramientas a su policía para capacitarla e instruirla. En un país “normal” la policía preservaría a niños, mujeres y familia en lugar de reprimirlos sin piedad y tendría la pericia para individualizar a los inadaptados que cobardemente se esconden entre esas familias, y muchas veces son protegidos por sus pares, luego de invadir una cancha. En un país normal el periodista iría a una cancha a desempeñar su trabajo sin miedo a las agresiones y a las amenazas de quienes deben velar por la seguridad y que no quieren que se expongan aún más sus constantes desaciertos. Mientras que desde hace tiempo se pide y se implora por respuestas, quienes deben tomar decisiones para intentar erradicar el flagelo, miran para otro lado. Quienes rogamos por un fútbol en paz no queremos anunciar consecuencias mucho más graves en las portadas sucesivas. Y pedimos que el bochorno del sábado sea un punto de inflexión: que el Ministerio de Seguridad y sus fuerzas infundan capacitación y sanciones severas para los policías inoperantes y que abusan con apremios. Que se incorpore el sistema biométrico en el Federal B a pesar del costo político de los clubes y que las entidades no hagan la vista gorda y castiguen a sus jugadores violentos, los principales incitadores de violencia el pasado fin de semana.

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