La ilusión de la gente quedó hecha trizas por el desenvolvimiento del seleccionado argentino en los Juegos Olímpicos de Brasil 2016. Otra vez la desesperanza se hizo carne en el hincha argentino y tanto daño se originó por una serie de desbarajustes. Y bien vale citar la inoperancia de los dirigentes de turno porque de la noche a la mañana armaron un plantel con la designación del Vasco Julio Olaticoechea como DT y sin una planificación previa de trabajo, con el agregado de la negativa de los clubes en ceder a los jugadores. Un incoherencia total. Así le fue a este equipo argentino, con una notable ausencia de convencimiento, no llegó ni siquiera a avanzar de ronda porque los hondureños con una mejor estrategia de juego y potencia física clasificaron a la siguiente fase.
Siempre que la Argentina participa de un torneo de esta magnitud se enciende la ilusión de un pueblo futbolero; aquel jugador que viste estos colores sabe que no se justifica para nada el bajo nivel de juego tanto individual como colectivo. Es cierto que el desorden en que está sumida la AFA marcó un profundo desequilibrio organizativo, pero el hambre de gloria debe prevalecer por sobre todas las cosas.

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