Desconsolados. Embroncados también. ¿Qué faltó esta vez? Sencillamente, lo mismo que en las anteriores: meterla. Ser contundentes. Argentina consume otro fracaso en su intento por cortar la sequía de más de dos décadas. No tuvo tantas chances como contra Panamá, ese "gran" rival para unos cuantos que se dejaron engañar, y las pocas que tuvo no las aprovechó. Simple y principal motivo que desencadena otros.
No obstante, la Selección venía cumpliendo con un sólido papel y tenía a un Messi más comprometido. Tenía, porque ahora el crack, supuestamente, no va a jugar más con la celeste y blanca. Pero, con el mejor de la actualidad, no alcanza. No alcanzó. ¿Alcanzará alguna vez? De todos modos, esta vez dolió ver a Lionel Messi devastado en el banco de los suplentes. Quebrado, impotente, llorando. Esta vez sí. Porque no caminó la cancha como en las finales pasadas. Esta vez casi nada para reprochar. Dejó todo, corrió más de una vez en soledad, pues la inmerecida expulsión de Rojo nos dejó sin referencia en el área y a Messi casi solo. Pero Lionel la pidió, en una final, lo que le pedíamos todos. Tal vez pueda machacársele algún remate torcido. El penal. Pero en esta erran todos. Los mejores también. Esta vez Messi no lo mereció. Esta vez no lo acompañaron. Al margen de su destreza, hay otras razones y argumentos para explicar esta tercera frustración. Principalmente, insisto, la contundencia. Contra esto, no hay Messi que valga. Volvió a errar Higuaín la chance más clara y, si bien los goleadores son así, es imperdonable. Le llaman rachas. Se critica igual.
Los jugadores resuelven adentro pero el técnico, en este caso Martino, no puede escapar a la responsabilidad y decisiones como, por ejemplo, de poner a quienes no estaban a pleno. Ahora serán 25 o 26 años sin títulos. Casi que el dolor no tiene fin.

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