Querido Lionel: tanto me has dado que hoy no te pediré que sigas vistiendo los colores de mi bandera si ya no te hace pleno. Solo te escribo estas líneas para decirte gracias. Para expresarte mi admiración eterna por haber llenado mis ojos de tan claros colores de fútbol. Pero también para abrazarte desde el alma y llorar a la par tuya por otra decepción colectiva. Puedo sospechar el abatimiento y la sensación de incomprensión que te invade, porque nos une la misma pasión por la pelota y los colores, salvando las infinitas distancias entre quien hizo real la más maravillosa fantasía en todo el universo y quien, como el que escribe, hizo cientos de veces el ridículo tratando de imitarte en un picado cualquiera. Pero no puedo dimensionar la hondura de tu dolor, porque no estoy en tus zapatos. A decir verdad, nadie podría estar en tus zapatos, aquel cobertor de cuero que solo pueden calzar dos pies “extraterrestres” entre millones de aficionados y profesionales que ni en sueños estaremos a tu altura y jamás gozaremos en primera persona de tus logros ni padeceremos de tu estigma eterno, aquel que anoche terminó de llagarte el alma, de abatirte y de llevarte a decir “basta”. No sé si tu decisión será definitiva. Pero dejame decirte gracias. Por las alegrías adentro del rectángulo, pero también por tu capacidad de tolerancia a la histeria colectiva y a las impericias dirigenciales de quienes no están a tu altura.
Aunque no imagine un Rusia 2018 sin tu prodigiosa lírica cada vez que apilás rivales en velocidad, te digo gracias. Aunque me duela el alma pensar en una vida viéndote lejos o, lo que es peor, una vida sin vos.

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