¿Quién de los contemporáneos a aquella gesta gloriosa no lo recuerda? ¿Quién, además del hincha genuino, por un instante o aunque más no sea por noventa minutos, no hizo fuerzas por Gimnasia y Tiro? Hace exactamente 22 años, una fría noche del sábado 7 de agosto de 1993, el albo llevó el fútbol de Salta y la provincia misma a lo más alto, alzándose con el primer ascenso de su historia a la Primera División, la primera estrella en el ancho firmamento del club de la Vicente López. Aquel día, los dirigidos por Ricardo Rezza, en un Gigante del Norte que explotaba, vencían en la revancha de la final del octogonal decisivo de la B Nacional a Central Córdoba de Rosario por 3 a 2 (había ganado 2 a 0 en el partido de ida jugado en el Gigante de Arroyito) y se alzaban con el preciado ascenso.
Aquel equipo estaba sostenido por un conductor ganador de experiencia, visión y excelente manejo de grupo afuera de la cancha como Ricardo Rezza; y por otros sólidos y fundamentales pilares adentro : el gran Ramón "Palito" Álvarez, los guerreros Héctor "Pelusa" Cejas y Daniel "Coya" Castellanos como estandartes de la defensa; Marcelo "Popeye Herrera e Isidro Iturrieta como gladiadores del mediocampo; la magia de Pedro Alberto Guiberguis; la potencia de Alfredo "Tanque" González y la capacidad goleadora de Miguel "Tigre" Amaya. Nombres sostenidos en el tiempo y puramente vivos en la memoria colectiva de quienes los vieron jugar y se identificaron con esa impronta bien norteña. Y cuya estirpe, garra, juego, solidaridad, ambición y espíritu ganador hoy cobran mayor fuerza con el paso de las décadas por dos simples razones: los años de sequía en cuanto a ascensos posteriores a 1998 para el fútbol salteño y la escasa composición foránea de sus futbolistas, el sentido de pertenencia con un equipo con ADN de nuestra tierra y sus alrededores, que lo convertían en una bandera, un equipo bien norteño, que daba orgullo y en el cual se identificaban rico y pobre, obrero y terrateniente. Eran nuestros héroes.
La generación de los '90 en Gimnasia y Tiro marcó a fuego a quien les escribe estas líneas cuando apenas era un purrete que no alcanzaba los 11 años. Nunca hubiese imaginado que, en aquel lejano 1992, el día en que mi tío César me llevó por primera vez a una cancha, habría de cambiar mi vida y avivado mi pasión por este deporte. Desde pibe aprendí a admirar a los nuestros, a decir orgulloso que soy salteño, a creer fervientemente en la superación, a saber que no sos el que te dicen, sino el que vos querés y te propones ser. Y a creer en aquel cuento heroico y adaptado del humilde Robin Hood que le regala alegrías a los pobres a costa del poder de los ricos. Es el día de hoy, a mis 32 años, cuando aún me tiembla la voz al entrevistar y compartir charlas y cafés con aquellos a quienes les imploraba autógrafos cada vez que me hacía la "yuta" del colegio para ver a mis ídolos en los entrenamientos, en esos mágicos años noventa. Hoy me pasa al hablar de igual a igual con Pedro "El Grande", con el "Tigre" y con el "Coya", tipos generosos y que nunca se la creyeron, si los hay.
Con apenas una década de vida, aprendí a creer con aquella gloriosa selección salteña que era aquel Gimnasia y Tiro. Aquel cúmulo de luchadores que levantaron la bandera del NOA allá en lo alto de la mano del platense Rezza que supimos adoptar, pero creado desde sus bases por otro crédito bien nuestro como Ricardo Aniceto Roldán.
Hoy, 22 años después de aquella épica inolvidable que marcó a una generación de futboleros y que todavía se extraña y añora, brindo por ellos. Que sean eternos.

El día que Gimnasia sorprendió a River en el Monumental
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