El hincha salteño se acostumbró a sufrir más de la cuenta, como se sufre por un amor no correspondido. A vivir un constante deja-vú y a convivir con esa marca estigmatizante, a fuerza de fracasos sistemáticos y promesas de ascensos que se desvanecieron en la nada durante una década.
Por años, el sufrido seguidor de los grandes de la provincia transmutaba entre la esperanza, la ilusión y la fidelidad a los colores; pasando por el abatimiento, la incredulidad, el rechazo y el descrédito hacia todos los proyectos que año tras año diseñan los dirigentes, aún antes de que se pongan en práctica. Giraba en una rueda que siempre decantaba en el mismo final. Se cansó también de las maquinarias de humo, de las propagandas infladas, de los jugadores sobrevalorados y de manos soberbias e inexpertas que derrumbaban castillos.
Incluso el hincha de Juventud, hoy el más ilusionado por la campaña impecable de su equipo en la primera ronda, mira con desconfianza tanta armonía junta, futbolística e institucional, con el miedo a que un pellizco lo despierte del más lindo sueño.
Hoy, después de mucho tiempo, el fútbol salteño vuelve a tener a dos equipos disputando al mismo tiempo la ronda final por un ascenso a la B Nacional y ese mismo hincha no puede evitar volver a enamorarse, pero con la sabia mesura de a quien han herido en cuestiones de amor. Ojalá este año sea correspondido.

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