Braian Toledo es uno de los 213 deportistas argentinos que viajaron con sus sueños a Río de Janeiro. Es uno de los tantos atletas de nuestro país que, a pesar de todo, llenó sus bolsos con la ilusión de traerse una medalla de una nueva edición de los Juegos Olímpicos.
Con tan sólo 22 años, el oriundo de Marcos Paz no es uno más. A base de buenos resultados ha logrado meterse entre los mejores del mundo e incluso ser uno de los "más conocidos" a pesar de que la disciplina no es de las más populares en nuestro país.
Braian Toledo va a ser uno de los 12 atletas que van a lanzar la jabalina este sábado desde las 20.55, en Río, buscando subirse al podio. Sí, está entre los 12 mejores del mundo en lo suyo. Tremendo.
Pero, a pesar de eso, su historia de vida entristece. "Braian tuvo que sufrir mucho para no convertir su vida en lo que el contexto le proponía: un tormento", escribía la revista el Gráfico en una nota antes del comienzo de la competencia.
Su papá lo abandonó tres veces, sufrió violencia familiar, vivió su infancia en una casilla sin agua, pasó hambre no una, sino mil veces y tuvo que dibujar toda la noche para comprar una bolsa de pan entre tantas otras cosas malas que pueden vivir un niño.
En una entrevista, Braian contó que en el barrio Martín Fierro, en su infancia, tenías que ir en pleno invierno a dos cuadras de su casa, a la única canillita. Contó además que muchas veces vio a su mamá llorando, sola, en un rinconcito de la casilla porque "no sabía qué les iba a dar de comer mañana".
Su voluntad y un talento que descubrió con el tiempo lo pudieron sacar de todo eso.
"Vivo a cinco cuadras de acá (de la pista de atletismo de Marcos Paz). A una cuadra está la escuela donde lo conocí a Gustavo", dijo. Gustavo es Osorio, su entrenador a los 10 años y su entrenador hoy, a los 22. "Mi mamá, Rosa, me tuvo a los 20. Trabajó toda su vida de lo que conseguía. Es muy luchadora, una mujer picante, de carácter muy fuerte. Y a mí me formó así, como en una especie de regimiento. Me enseñó las cosas de forma muy dura, porque tuvo una infancia dura también. Siempre fui grandote, pero no me gustaba pelear, siempre lo evitaba y en el barrio me tildaban de maricón, de trolo, de cualquier cosa. Pero a mí no me define que me digan algo que no soy. Mis compañeros de escuela, a través de su maldad, también aportaron un poco a lo que soy ahora. Por suerte, después crecieron y cambiaron".
Sobre su padre, Braian contó, en la entrevista con El Gráfico: "No tengo recuerdos de él. Mi conclusión es que mi mamá, pese a todo, siempre estuvo enamorada de él. Ese es el problema. Él se fue cuando yo tenía pocos meses. En un momento volvió, mi mamá quedó embarazada, nació mi hermana Débora (ahora tiene 19) y volvió a desaparecer. En la escuela me cargaban mucho: usaba anteojos, mi mamá me cortaba el pelo como si tuviera un casco y me decían chupamedias porque me sacaba 10. Y encima ni sabía quién era mi papá. Tiempo después, empezó a ir a mi casa, y enseguida mi mamá quedó embarazada de Ignacio (ahora tiene 10). Y ahí dejó de venir de nuevo. Eso es lo que vi de afuera, no me interesa saber más. Mi papá no estuvo nunca y siempre fue un problema. A veces decía que iba a traer plata, mi vieja contaba con eso, después no traía nada y ella quedaba angustiada. Tuvo que ponerle el pecho a todo. Vivimos en un país muy machista, pero mi vieja me hizo entender que muchas veces las mujeres tienen más huevos que los varones".
"Cuando tenía 8 años, me levanté a la madrugada y escuché ruidos. Espié y estaba mi mamá llorando. Le pregunté qué le pasaba y no me decía. Le insistí hasta que me dijo: "Lloro porque no sé qué les voy a de comer mañana, a vos y a tu hermana'. No teníamos nada. Pero nada, nada, nada. La abracé y le dije: "No te preocupés, estamos todos bien, estamos juntos, yo te voy a ayudar'. En ese momento me cargué la mochila de mi casa, sentí que mi obligación era sacar adelante a mi familia. A mí me gusta dibujar, entonces en la escuela les completaba las carpetas de dibujo a mis compañeros. Ellos me pagaban 25 centavos. Me pasaba toda la noche haciendo dibujos, y con eso compraba un kilo de pan. No era mucho, pero al menos llegaba de la escuela con algo. Un día mi mamá me retó, porque yo tenía que ir a dormir. Entonces esperaba a que se durmiera, me levantaba a la madrugada y recién ahí empezaba. Algo tenía que hacer para que comiéramos. Son cosas que no están bien, pero algunas veces pasé por una quinta que había cerca y agarré un choclo o un repollo, y comíamos eso",. relató sobre su durísima infancia.
Y siguió: "La empecé a acompañar al trueque: ella hacía tarta de acelga y la cambiábamos por leche o por harina. Mi mamá cocinaba un guiso mundial con dos cosas, con lo que tuviera. La ayudaba a lavar la ropa, porque no teníamos agua, no había caños. Teníamos que caminar dos cuadras hasta un lugar donde había una canilla. Yo llenaba tachos de 20 litros, los llevaba y ella lavaba a mano, incluso en los días de mucho frío. Y yo lavaba los platos. También vendía cobre y aluminio con Pancho. Mis primos Pancho, Iván, Marisel y Romina fueron como hermanos para mí. Un día, cuando nació Ignacio, estábamos solos, porque los grandes se habían ido a trabajar. Mi hermanito lloraba y lloraba del hambre que tenía. Entonces agarramos el cobre que habíamos juntado, que era poco, y le pusimos arandelas en el medio, para que nos dieran un poco más de plata. Pero una quedó floja. El tipo se dio cuenta, se enojó, nos echó y ni siquiera nos devolvió el aluminio. Hasta eso pasábamos para conseguir un poco de leche. Todas las noches, cuando dormía en el piso, me preguntaba si quería dormir así toda mi vida. Y no, no quería. Pero ¿cuál era el camino? Tampoco lo sabía. Yo tenía 9 años y lo pensaba en serio, me mataba pensando. Por eso, cuando un nene de 9 años me habla, yo lo escucho en serio, de verdad. Cuando te habla un nene, es tan en serio como cuando te habla un adulto".
Su relato siguió: "Hasta los 12 años tenía una cama para nenes, pero dejé de entrar. Tuvimos que tirar el colchón en el piso de la casilla. Pero era finito y había mucha humedad, así que poníamos cartón y lonas en el medio. Me acuerdo de que en el 2009 tuve un viaje con la delegación argentina y la primera noche, en nuestra pieza, hicimos un quilombo tremendo. Entró el técnico y nos retó. "Es culpa mía, profe, disculpe", le dije. Pero él siguió enojado. Entonces le tuve que explicar que estábamos corriendo todo porque yo no podía dormir arriba de una cama: me daba vértigo. Al otro día, en el desayuno, me fue a buscar, le conté mi historia, se emocionó y me pidió disculpas. Y a partir de ahí, mis compañeros ya sabían que yo dormía en el piso".
Braian contó también que en la escuela le iba bárbaro, a pesar de todo. "Fui abanderado hasta los últimos dos años, cuando empecé a faltar por los viajes. No sé cómo, pero yo de chico percibía la tristeza de mi vieja. Entonces sentía que mi obligación era estudiar, que se sintiera orgullosa de mí. Que viera que el esfuerzo que hacía para darnos de comer tenía su fruto. Mis 10 eran para que mi mamá me abrazara, para que se sintiera orgullosa. Para mí, sacarme un 9 era malo".
La violencia familiar también ocupó gran parte de su vida: "Me fui de mi casa hace dos años. Ya tenía 19, 20 años, y a mi mamá se le iba la mano. Un día me levanté y tenía el ojo izquierdo morado. Me miré al espejo y me dije: ¿Merezco vivir así? ¿Qué le falta a mi familia? Nada. Tienen todos los lujos. Sentía que no era un mal chico, que no merecía eso. Mi prima Romina me ayudó a escaparme, y alquilé un departamento. Estuve más de un año sin hablar con mi mamá, hasta que sufrió un problema de salud y la perdoné".
Su historia continúa, y aunque con el deporte empiezan a aparecer "las buenas", no todo es color de rosas: "Para ayudar a mis hermanos tuve que construir una casa. Con lo que gano entre la beca que nos da el ENARD y lo que recibo de algún sponsor, no me alcanzaba para pagar un alquiler y ayudarla a ella. Entonces decidí que, para dejar el alquiler, había que construir una casita. ¡Pero ni para comprar materiales tenía! Le pedí prestado a mi amigo Marcelo y me ayudó Sebastián, el marido de mi prima. Tampoco tenía para pagarle a un albañil, así que a él le pagaba lo que podía; y yo estuve todo el año pasado trabajando de peón. El trabajaba de 7 de la mañana a 6 de la tarde en otro lado, y cuando terminaba, me ayudaba a construir mi casa. Es un tipazo. Yo preparaba pastones, los materiales, le alcanzaba las cosas. Trabajábamos hasta las 11 de la noche, porque al otro día yo entrenaba y él se iba a laburar. Y los sábados y domingos, casi todo el día. Terminamos en enero de este año, pero todavía estoy devolviendo la plata que me prestaron. Es lindo porque extrañaba terminar de entrenar e irme caminando. Siempre hice eso cuando volvía de entrenar: miraba al cielo, soñaba, pensabaà"
Sobre el presente, el lanzamiento de jabalina y su experiencia en los Juegos Olímpicos se lamentó: "Cuando te va mal, en Argentina te hacen pelota. A mí me pasó en Londres 2012. Fui a competir con 18 años: era el hombre más joven del país en un juego olímpico. Quedé 28° de 45: no era malo para mi edad, porque un lanzador alcanza su mejor nivel a los 26, 28 años. Pero llegué acá y recibí mil críticas: que era el peor, que 'se acabó Braian'. Todo eso me afectó mucho, hasta que lo entendí: si no saben que un lanzador de 18 años nunca le va a ganar a uno de 26, su crítica no sirve. ¿Cómo le voy a ganar al tiempo? Al tiempo no se le gana. Ni siquiera en estos juegos voy a alcanzar mi mejor nivel: el pico será en 2020 y 2024, con 26 y 30 años.
Y completó, respecto a la dieta que debe seguir ahora para la competencia: "Cuando empecé a competir, me decían "comete un pollito a la plancha con ensalada". ¡Y en mi casa no había eso! Era guiso de arroz, polentaà Hoy entiendo que eso no me aporta lo que yo necesito. El doctor Prada me dice si necesito más verduras, o hidratos, o proteínas. Desde hace dos años, cuando voy a un cumpleaños, llevo mi vianda con lo que tengo que comer. Me transformé en un conejillo de Indias: no como lo que quiero, no me acuesto a la hora que quiero y todo lo que hago gira en torno a una sola cosa: lanzar lejos".

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