En medio de un remolino de pibes que llegaban felices y desbordantes a la cancha de San Francisco, estaba él. Con la inocencia plena de una niñez feliz, en la que la "redonda" se constituye en el primer amor de nuestra existencia. Con la adrenalina a flor de piel y el corazón que se le sale del pecho por volver a patear ese encantador cuero esférico, reflejada en su rostro. Con la carita curtida y ajeada por el sol furioso de las interminables mañanas sabatinas de divisiones inferiores, la timidez como un ADN impreso en su mirada esquiva, el amor por el fútbol como estilo de vida, las rodillas descascaradas por tanto revolcarse en suelos hostiles y canchas descuidadas y su extremidad inferior derecha dúctil.
Allí estaba él, Julián Pablo García, un lateral por derecha de la séptima división de Camioneros Argentinos, con sus pantorrillas delgadas, sus medias a la altura de sus tobillos y sumiso ante el flash de la cámara fotográfica de El Tribuno.
Tiene 13 años, pero aparenta mayor juventud por su diminuta complexión física, realidad que afecta al fútbol salteño en general por sobre ligas mayores por un sinfín de factores. El entrenador de la séptima división del militar, José Sinches, no dudó en resaltar sus virtudes, sus enormes condiciones técnicas con la pelota en los pies y su predilección por este niño que gambetea la malaria y alimenta su alma cada sábado.
Julián accedió a hablar con este medio con timidez, con sumisión, como pidiendo permiso por tener por un día la consideración mediática que merece, a diferencia de otros tantos que se desviven por ver su nombre impreso en un tabloide. Y es el protagonista de una historia mínima, como tantas otras, de cientos de purretes con ilusiones mayúsculas y sueños de gloria.
Su DT no dudó en señalar a García, incluso, con cierta admiración, por el espíritu de lucha que supo adquirir desde muy chico, por su amor al fútbol y por su "madera", futbolísticamente hablando.
Es que la vida de Julián no es fácil. Sin el yugo y la contención paternal en su hogar, comparte el mismo techo con su abuela, quien lo cobija y lo alienta a seguir su sueño.
Como suele suceder con frecuencia en las divisiones inferiores salteñas, los directores técnicos de turno echan mano a su escaso recurso humano y a las carencias como pueden. Y es que en el fútbol de hoy todos sueñan con ser enganches o goleadores, pero este bendito deporte no sería tal sin la noble misión de defensores y volantes de marca. El caso de García es similar. Es la historia de un lateral por derecha que sueña con ser enganche y que tiene como referente e ídolo máximo a un tal Lionel Messi. "Sueño con ser como él", no dudó en profesar. Y más allá de su obligada función de ajustar la marca y ser salida por el costado, Julián también muestra en cancha los habituales dotes de un creativo exquisito que tiene el arco del frente en la mira, muy a pesar de los sermones de su profe a la hora de pedirle que tome a un marcador, retos que obedece sin chistar.
Julián no tiene el respaldo didáctico de una escuelita de fútbol. Recién este año se sumó sin escalas a la séptima de Argentinos y aprendió rápidamente las principales nociones tácticas, luego de ser descubierto por Sinches, captador de talentos en barrios periféricos, en un potrero olvidado de barrio Balneario, donde July hasta hace poco jugaba feliz y en libertad. Es que lleva el potrero en la sangre y, como tantos otros, solo quiere jugar y que nadie sea capaz de profanarle su sueño más genuino.

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