Seguramente muchos anónimos y púberes futbolistas se sentirán identificados con la historia de Lautaro Languidey, un joven volante por izquierda de 13 años que viste orgulloso los colores de Peñarol en la séptima división.
"Picolé", como lo conocen sus compañeros, no es un pibe común y corriente de barrio: a su corta edad conoce muy bien lo que es ganarse el "mango" y colaborar con sus padres a cubrir las necesidades cotidianas que requiere una familia numerosa.
Lautaro no solo transpira la camiseta dentro de la cancha. También lo hace afuera: gana sus pesos en un lavadero de autos -por la mañana- desde hace dos años, pero no descuida sus estudios. Asiste a la escuela Paula Albarracín, en la que cursa el quinto grado.
Pero esta historia no termina ahí. Hay mucho más para contar y destacar de este humilde joven amante del fútbol, hincha de Boca, quien sueña con convertirse en un Andrés Chávez o en un Jonathan Calleri.
El volante por izquierda de Peñarol también supo pararse en un esquina a hacer malabares para divertir a los transeúntes a cambio de una pequeña colaboración-propina.
Mucha pasión y entrega es la que pone Lautaro Languidey, un luchador de pura raza desde donde se lo mire. La vida de "Picolé" transita entre el trabajo, la escuela y los sábados imperdibles de fútbol, aunque no tiene mucho tiempo para concurrir a los entrenamientos. Esto no le impide vestir los colores aurinegros cada fin de semana. Pablo Alarcón, técnico de Peñarol, valora el gran esfuerzo del pibe y lo premia dejándole hacer lo que más le gusta, jugar a la pelota.
Lautaro aprovecha al máximo la confianza que le brinda su DT, ya que es el goleador de su equipo en el torneo de las inferiores, con tres goles.
Como en la vida, Lautaro es un luchador nato y en la cancha deja hasta la última reserva de energía. Contra Camioneros Argentinos del Norte no tuvo una mañana inspirada, pero marcó presencia y su equipo ganó, que es lo importante.
El escaso entrenamiento de "Picolé" durante la semana le pasó factura sobre el final del partido, pero esto no lo debilitó, más aún teniendo en cuenta que su equipo jugó todo el partido con un hombre menos y necesitaba más que nunca de él para lograr el triunfo. Y salió a la cancha con el pecho inflado y con el mismo ímpetu que honra la vida.

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