Esto no es fútbol. No se mide igual. No son los mismos rótulos. El tenis no entiende de las dramatizaciones del deporte más popular, aunque hubo un país pendiente, ilusionado, tratando de conseguir en el plano individual lo que en el colectivo no puede. Igual, la derrota de Juan Martín Del Potro encierra una victoria. La percibe solo aquel que escarba en el contexto, en la previa y los antecedentes; entre los saques defectuosos, los slices o drives que murieron en la red. En esos gestos reiterativos de cansancio, lengua afuera, set a set.
La victoria detrás de esta derrota no solo es una medalla de plata. Es su reinserción en el tenis de alto vuelo. Delpo llegó a Río con la peor puntuación del ranking ATP. Muy por detrás del resto. Su tercera operación de la muñeca izquierda hace poco más de un año lo depositó casi en el olvido. Pero su corazón y su voluntad fueron más grande que su recuperación. Novak Djokovic puede dar fe. Delpo limpió al N° 1 de entrada. Jugó dos partidos más en veinticuatro horas. Siguió firme, de pie, como una "torre". Del Potro dejó su vida en un torneo que solo te da la gloria deportiva. Ni un solo centavo. Y siguió barriendo rivales, Souza, Agut y Nadal... Contra Murray no pudo, el lastre ya era grande: 1179 minutos, casi 20 horas, en siete días. Sin el ritmo de competencia que el de sus rivales, sin DT y en plena levantada física. Así llegó al podio y pone en alerta al mundo de la raqueta. Su victoria escondida es estar listo para seguir jugando a lo grande.

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