Lo mejor del hincha argentino es la pasión y lo peor es la violencia. El fútbol argentino está controlado por la violencia y ésta por la innegable connivencia entre los dirigentes, organismos de seguridad o políticos con los barrabravas. Una relación tan compleja que parece imposible desarmar.
En Inglaterra acabaron con los temibles hooligans porque, a diferencia de la Argentina, no existía una relación de convivencia con la política.
En el último tiempo, los ejemplos de connivencia son moneda corriente, aunque no haya luego consecuencias en la Justicia. Los violentos y sus cómplices no entienden de casacas ni de sentimiento. El negocio es el que domina. Como ejemplo más reciente esta la amenaza que La Doce les hizo al plantel de Boca: "A ver si se dejan de joder un poco con el boliche y ganan la Copa que hay que entrar a la Libertadores. ¿Escucharon?".
La Doce les exige a sus ídolos que no pongan en riesgo gran parte de sus negocios (reventa de entradas, viajes y cuidar coches).
La voz de Rafael Di Zeo, Mauro Martín y otros tres integrantes de la primera línea de La Doce aún retumba en las paredes de la Bombonerita.
Lo curioso es que Darío Benedetto reconoció que existió la visita de los barras, pero dijo que no fue una apretada, sino una charla.
Los dirigentes xeneizes no hablan del tema, ni siquiera su entrenador, Guillermo Barros Schelotto, quien prefiere pelearse con un periodista que cumple con su trabajo, que es preguntar y no lamer botas.
La existencia de los barras no se acabará hasta que haya una bajada de línea que condene a los violentos y a los que no denuncian estos actos.

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