Paulo Coelho llamaba guerreros de la luz a aquellos seres iluminados y de fe inquebrantable que buscaban la superación ante todo y de manera incansable, sin rendirse ante las adversidades y con la frente en alto. Bien podría caberles este sayo a los auténticos gladiadores de la esperanza del fútbol salteño, quienes nos hicieron creer que lo difícil no era imposible, que con unión, solidaridad grupal, humildad, fe, trabajo, ahínco y el alma como escudo, la ilusión era posible y la hazaña podía convertirse en realidad. Este puñado de jugadores, oriundos de un pueblo de fe, humildes en su mayoría, sin sueldos abultados ni con los aires de estrella que ostenta en Salta más de un foráneo, demostraron grandeza en la cancha, sin excusas, sin versos. Para ellos no había campo de juego desfavorable, ambiente hostil ni árbitro localista que valiera. Todo era parte de la lucha, todo lo justificaba, todo por un sueño hermoso.
Por una semana significaron para la provincia un motivo de orgullo, de esos que no abundan en épocas convulsionadas por contiendas electorales, donde todos corren en distintas direcciones sin encontrar un rumbo común u objetivos colectivos en una sola dirección. Ellos lo hicieron.
Los gladiadores de la esperanza pusieron en alto a la barriada entera. Villa Mitre y sus alrededores (Manjón, Floresta, Alta Tensión, Villa Juanita y todo el cordón este de la capital salteña) gozaron y se identificaron con la causa. Nos emocionamos por ver reflejado en un campo de juego las ansias de superación y la lucha del pobre por cambiar su destino, sintetizando la lucha del común de los mortales, la de quienes gambetean las carencias con valor e hidalguía. Mitre representó todo eso y mucho más, más allá del frío y anecdótico resultado. Por eso nos conmovió tanto su historia, nos alineamos a su gesta y hasta nos subimos a su carro triunfalista cuando parecía que el ascenso no se escapaba. Por eso, con las lágrimas de Barrionuevo o las de Millares también se inundaron pupilas ajenas, de los que llegaron al Martearena para alentar a un hermano sin necesariamente llevar el rojo y el amarillo en la piel.
Pero cinco minutos de trabajo de ningún modo empañarán el loable trabajo a conciencia y pulmón de tres años. Y vale la pena aplaudir de pie a estos gladiadores de la esperanza.

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