Arraigo, raíces, pertenencia, identidad, barrio, cuna, son vocablos que el hincha genuino y pasional del fútbol argentino, obedeciendo a su idiosincracia y al legado transgeneracional transmitido por nuestros antecesores desde la edad más tierna, suele usar con frecuencia y profesar como una religión inalterable.
El lunfardo del pensamiento "discepoleano", tan arraigado a la cultura popular, expresa que el hincha puede cambiar de gustos, de identidad, de sexo, de color, de ropa, de auto, de mujer, pero nunca de club... Hasta de domicilio. Con esa lógica popular, no importa dónde hayas nacido ni donde vivas, sí el sentimiento inalterable hacia los mismos colores. No necesariamente un hincha de River debe nacer y crecer en Núñez para sentir con mayor intensidad los colores que un fanático habitante de Ushuaia. O un seguidor antoniano oriundo de Hernando de Lerma no necesariamente deba comulgar con más frenesí que uno de barrio Ceferino la devoción por el azul, marrón y blanco por ser del barrio. Así como uno de Central Norte no tiene la obligación de tener a barrio 20 de Febrero patentado en su DNI para considerarse hincha. Y así, con miles de ejemplos...
¿Estás de acuerdo con la venta...
Sin embargo, con la cancha del equipo amado la historia es diferente y el componente emocional vuelve más sensible y polémico cualquier debate cuando las presunciones se transforman en noticias inminentes.
El estadio propio, el de siempre, la sede histórica del club de nuestros amores, la segunda casa, suele ser aquel espacio físico considerado intocable, inmaculado, venerado como un templo al que asisten domingo a domingo sus fieles a ofrendar el diezmo de la pasión y la incondicionalidad, sea el club que sea y más aún aquellos más antiguos, populares y arraigados.
En las primeras horas del martes se destapó en la Lerma una olla que venía manteniéndose como un secreto "ultratumba": la intención de la actual dirigencia de vender el santuario de Lerma y San Luis a cambio de la cesión de un predio con mayor extensión territorial para la construcción de una nueva sede y estadio en la periferia de la ciudad, lo que seguramente repercutirá en los días posteriores con un torrente de aguas divididas entre quienes miran con agrado la idea por la posibilidad de implicar un crecimiento y expansión de la institución en materia de infraestructura, como se dice; y los románticos que se resistirían.
Desde la dirigencia salieron a poner paños fríos tras la filtración y esto no es un dato menor. Es que la resistencia a mudar su patrimonio de una buena porción de hinchas y socios de Juventud no solo parte desde el sentido de pertenencia con la cancha y el barrio, sino también del recelo y la desconfianza hacia la actual dirigencia. Los asociados tendrán la última palabra.

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