Lionel Messi les ganó a todos. Desde que era un púber que asombraba a todos y que acunaba su sueño más puro. Le ganó a su timidez extrema y a sus dificultades para sociabilizar y hacerse notar lejos del rectángulo de juego. Le ganó al bullying, al descrédito y a la incredulidad de los que lo rodeaban desde pibe, como cuando clubes de la Argentina lo despreciaban por su tamaño y su complexión. Le ganó a sus propias limitaciones y venció, de la mano del Barcelona -su patriarcado y lugar en el mundo-, a la deficiencia hormonal en su crecimiento que, sin esa financiación oportuna, no le hubiese permitido jugar en las grandes ligas y el mundo se habría perdido del deleite de su juego exquisito y único.
Leo, o Lío, les pasó el trapo a todos, incluso a los ciegos, obtusos, mezquinos y nublados dirigentes del fútbol argentino, que con el correr de los años siguen lamentándose haberse perdido "la comidilla" del negocio. Los burló, como lo hace dos veces a la semana con impávidos defensores a los que elude como postes con sus fintas "messiánicas".
Una hemorragia de gloria y títulos que suman dos docenas con Barcelona, más un mundial juvenil, un juego olímpico y cientos de récords individuales que lo suben al pedestal supremo parecen irrefutables para un genio que no se cansa de rendir tests de aceptación, como si se tratara de un mortal más. Pero él vivirá condenado al inconformismo de este país que lo despreció de niño, pero que él nunca dejó de elegir.

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