De amargura, en amargura. Lo que aconteció ayer con el jugador de Atlético Paraná entristece aún más a un fútbol argentino que está triste, muy triste.
Porque si nos costaba aceptar la desgracia del jujeño Emanuel Ortega, cuando se estrelló contra un muro, la absurda muerte de Cristian Gómez, durante el partido que se jugaba en Corrientes, directamente nos dejó desconsolados.
Porque uno se imagina las ilusiones que tenía Cristian, su pasión por lo que hacía y disfrutaba dentro de una cancha, para lo cual seguramente puso mucho esmero y esfuerzo en su preparación. Lo mismo que el pibe de Jujuy, cuyas ilusiones y esperanzas quedaron inconclusas.
¡Cómo no estar triste! Si el fútbol se cobró dos vidas, y no por imperio de las circunstancias, ni por la violencia que viene azotando nuestras canchas, sino porque esas desgracias nos termina rompiendo el corazón. Y es más fuerte y más triste que ver la Bombonera vacía y a un Boca jugando sin alma, como ayer. Y duele mucho más que las acusaciones o los entredichos de dirigentes y funcionarios.
La muerte, de por sí, es inadmisible, incomprensible.
Y lo que pasó no es culpa de nadie. Es una desgracia detrás de la otra, pero que entristece a todo el fútbol argentino en su conjunto. Y ojalá que el jujeño Ortega y ahora Cristián Gómez ayuden desde el estadio celestial a encontrar el camino del reecuentro, del entendimiento, de la autocrítica, de la responsabilidad. Solo así podremos calmar tamaña tristeza por la absurda muerte de estos dos jóvenes futbolistas. Hoy, no tenemos consuelo.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial



Comentá esta noticia