Ese acto de agresión que le tocó vivir en carne propia a Lionel Messi por parte de un hincha de River Plate, en el aeropuerto Narita, en Japón, es una exhibición de una cultura que se instaló en el fútbol y que raya en lo más bajo. Uno se hace eco de que una final para dirimir el campeón, máxime cuando se trata de un enfrentamiento entre dos equipos de renombre como el Barcelona y River Plate, toma mayor preponderancia y repercute en torno de un resultado, que esta vez favoreció a los españoles.
Y, en ese contexto, no hay que confundir entusiasmo y pasión con violencia. No se trata de vida o muerte.
Alguna culpa se traslada a Messi porque con la Selección argentina no pudo coronar con éxito el Mundial de Brasil y se logro un mezquino subcampeonato en la Copa América en Chile. Son cuentas pendientes del jugador con la celeste y blanca, por las que reiteró en más de una ocasión, como una especie de revancha, que sigue dispuesto a vestir estos colores cuando así lo requieran.
El talento de Lionel Messi no debe opacarse con lo que sucedió en Japón. Este hecho generó trascendencia por un jugador que desarrolla su capacidad y habilidad en un campo de juego y, por suerte, con sello argentino. Y merece el mínimo respeto.

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