En estos tiempos nos queda la sensación de que el fútbol en Salta, de a poco, se está muriendo. Y no se trata de una visión apocalíptica y destructiva, sino de una percepción real que nace desde los sucesos de los últimos tiempos. Porque no solo lo matan el resultado deportivo, el fracaso, las malas elecciones y la falta de proyectos consistentes a largo plazo que deberían haberse comenzado a forjar hace un lustro o una década para empezar a ver frutos en el presente.
También lo mata la desnaturalización de este bendito deporte, que nace desde la violencia de terceros que poco tienen que ver con la esencia real del juego más lindo del mundo y que crece desde la pasividad de los funcionarios y la desprotección de los dirigentes de los clubes.
Y como si no tuviéramos suficiente con la violencia repudiable de las canchas, también muchas veces nos encontramos con la sensación de impunidad cuando unos pocos violentos copan los escasos vestigios de los tablones y ahuyentan a la familia y a los hinchas genuinos. Y cuando la inacción y el escaso compromiso de quienes deben comandar o brindar seguridad no ayudan a terminar con los flagelos. También sentimos impunidad cuando por culpa de los violentos el hincha de verdad comienza a quedarse sin color, sin cotillón, sin los matices que adornan al fútbol, como los bombos, las banderas, los redoblantes y los papelitos, que parecen un simple detalle, pero que ayudan a motorizar el fervor. Más aún, cuando ya quedó sentado un triste antecedente de clásico salteño oficial sin hinchas visitantes que no se borrará de un plumazo (el pasado 7 de febrero, entre Gimnasia y Juventud en el Gigante del Norte). Un golpe al corazón para muchos, como si los sufridos seguidores de los equipos de Salta, los que alientan sin desvirtuar, no tuvieran suficiente con bancarse con fidelidad y tesón una década llena de pálidas y sin satisfacciones, como si todas las heridas infringidas a su golpeada ilusión no hayan convertido su presencia en las canchas en un derecho largamente conquistado.
En medio de todo este panorama, que se decida que el segundo clásico de la temporada se juegue con las dos hinchadas presentes termina siendo una buena noticia, una determinación que los parciales de uno de los dos clubes involucrados (en este caso los de Gimnasia) deberían celebrar. Cuando en realidad es un disposición que debería ser normal en Salta y no tanto en plazas más populosas y contaminadas con esta problemática; como Tucumán, Córdoba, Mendoza, Rosario y Buenos Aires. De todas maneras, que haya voluntad para que el clásico se juegue con las dos hinchadas, dejando de lados los egoísmos, es un pequeño gesto en la búsqueda de la “normalidad” que piden algunos dirigentes del fútbol salteño.
Celebramos y esperamos que el fútbol destierre a los que tanto mal le hacen, pero esperemos que no resigne el color que necesita para seguir vivo.
"Que el corazón no se pase de moda", pedía Joaquín Sabina en una canción. Y continuando con su anhelo idealista, esperemos que el color y la sana pasión en nuestro amado fútbol de Salta tampoco caduquen.

¿Qué te pareció esta noticia?

Aparecen

Sección Editorial



Comentá esta noticia