Brilló en Gimnasia y Tiro y es por sí solo una porción de gloria del fútbol salteño. Fue parte de los dos ascensos a Primera del albo, donde jugó 13 años, constituyendo la privilegiada constelación de ídolos de la entidad millonaria. El Tanque, que conformó una inolvidable dupla de ataque con el Tigre Amaya, rememoró la gesta en su visita a El Tribuno. Hoy sigue haciendo lo que le gusta: tiene a cargo la quinta y la sexta división en Camioneros Argentinos del Norte.

¿Qué considerás que fue lo mejor que te dejó el fútbol?
El cariño de la gente. El otro día estaba esperando el colectivo y había al lado una pareja con un hijo chiquito. El padre le decía: ‘El que está ahí fue jugador de Gimnasia’. En una generación de chicos de 18 a 30 años hemos pegado fuerte, gran parte de la masa de hinchas que tiene hoy Gimnasia es en base a lo que hicimos nosotros. Y eso nos llena de orgullo. Más allá de lo deportivo, ser reconocido por la gente me llena de satisfacción. Donde voy, la gente tiene un presente. Eso es lo que queda en el fútbol, la amistad y el reconocimiento. Nosotros no fuimos reconocidos por el club. Yo jugué 13 años en Gimnasia, estuve en los mejores años de la historia del club. Podríamos haber tenido un trato distinto, pero sé que pasaron muchas cosas también en el club que no han ayudado ni acompañado: hubo una intervención, una etapa perdida para Gimnasia.

¿Crees que el hecho de que Salta no volvió a gozar de un ascenso a Primera en los últimos 18 años vuelve aún más heroico y valorado lo que ustedes lograron en los 90?
Seguro, aunque a nosotros mismos nos llevó tiempo darnos cuenta de lo que habíamos logrado. Después del primer ascenso se dio algo insólito: que vaya gente de Juventud o de Central a alentar, gente del interior, cosas que antes no se veían. Fuimos parte de eso y estamos orgullosos. Después de haber jugado tanto, algo he dejado. Muchos no nos dimos cuenta dónde estábamos o nos dimos cuenta tarde.

Jugaban verdaderas batallas en cancha. ¿Qué partido te quedó grabado a fuego?
La semifinal con Deportivo Italiano en el octogonal del 93 fue durísima, nos costó muchísimo. Lo terminamos ganando. Y con Central Córdoba en el Gigante de Arroyito. Les ganamos 2-0 a pesar de que nos pelotearon. Jugamos el primer tiempo en el área nuestra, pero llegamos y convertimos. Llevamos 10 mil personas a Rosario. Yo me cruzaba en la previa con amigos de Güemes que habían viajado a verme. Esos dos partidos me quedaron grabados a fuego, por lo que nos costó y lo que dimos. Tuvimos una cuota de suerte también. Nos enfrentamos a equipos de primera y nosotros éramos una manga de atorrantes que veníamos jugando juntos desde el Anual. El Coya Castellano salió con chichones por todos lados de todo lo que sacó en Rosario. Yo en el segundo ascenso estaba un poco más grande y lo viví diferente. Me había fracturado un mes antes de la final. A diferencia del primer ascenso, no estábamos bien armados porque teníamos 6 o 7 lesionados. Pero el contagio de afuera hacia adentro fue clave. La gente nos dio fuerzas para creer cuando estaba muy difícil la llave y Talleres tenía un equipazo. Nos salió redondito: volver a ascender, tener otra oportunidad de estar en Primera. Luego llegaron las equivocaciones. Yo tuve la suerte de jugar desde el 89 hasta el 2002 en Gimnasia. Luego fui DT con Viano y salvamos la categoría. ¿Qué más pedir?
El fútbol me dio la chance de tener mi casa propia, de tener amigos, de ser mejor persona.

¿Cuál fue el valor agregado que tuvieron y que les permitió llegar tan lejos?
El carácter y el espíritu. Por ser del norte, los rivales creían que nos iban a intimidar fácil. Con Sarmiento de Junín nos emboscaron con 50 hinchas y nos agarramos a las piñas. Y nos fortalecíamos más y les ganábamos. En Colón de Santa Fe el colectivo llegó hasta el vestuario, nos hicieron bajar y nos hicieron caminar toda la platea y nos tiraron de todo, nos querían robar los bolsos. Llegamos al vestuario, agarrábamos bronca y nos poníamos mucho más fuerte. Era un grupo que nunca tenía miedo. Donde jugábamos íbamos de frente. Eso nos ayudó. En el fútbol de hoy ponen excusas de la cancha, que les pica mal la pelota. En canchas malas o en canchas buenas a los rivales hay que salir a pasarlos por arriba. El club en el que estás es muy importante, tenés que llevarlos por delante. Nosotros desde el minuto cero no especulábamos. Lo hacíamos sentir. Hoy en día el jugador está más protegido, con las cámaras, la tecnología, cualquiera puede retratar un incidente. Antes era tierra de nadie, vi cosas insólitas, como un hincha persiguiendo a un árbitro con un machete en Tucumán, o un partido contra Concepción de La Banda en el que jugamos hasta las 2 y media de la mañana porque cortaban la luz a cada rato.
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