Un estadio mundialista, una destacable gestión en la Liga local que acompañó en la última década el impulso de los clubes más humildes para su reinserción, una historia futbolera que respalda una pasión hoy en franco declive, tres equipos populares que supieron enaltecer la rica historia del fútbol del interior en décadas lejanas, cuando las “moles” del cemento porteño la pasaban bravo; un pueblo que solo respiraba fútbol, una plaza turística atractiva. Y la lista podría seguir. Demasiados pergaminos para una provincia que hace diez años solo conoce de terceras, cuartas y quintas categorías, sin siquiera una B Nacional para ofrecer y que ve pasar el desfile de los mejores desde lejos.
¿Por qué los hinchas salteños ...
La sucesión de fracasos en fila, la inconsistencia de proyectos, la falta de visión a largo plazo, el hartazgo del hincha por una década entera de federales A, B y C sin nada novedoso y con lo deslucido de un fútbol que rara vez traspasa la línea de la mediocridad son, a juzgar por los futboleros salteños, los principales elementos por los que la concurrencia en los estadios de la ciudad cada vez sea más baja. De acuerdo a los números de taquilla de los clubes salteños en competencia federal en lo que va del 2016, en las canchas capitalinas se vende un promedio de 1.300 entradas por partido, cifra que contrasta con las expectativas dirigenciales, los ambiciosos presupuestos y las enormes erogaciones.
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No obstante, otro argumento no menor apunta a la violencia, las absurdas divisiones, las tribunas populares convertidas en “tierra de nadie” y los erráticos operativos policiales. El 48 por ciento de los lectores que votaron en la encuesta de Alentandooo.com atribuyeron los espacios en blanco de las tribunas a la escasa representatividad de los planteles, el retroceso y el hastío por los clásicos padecimientos en categorías sin atractivo. Sin embargo, el 27,5 por ciento de los que participaron de la consulta digital, que refleja en parte el pensamiento de los futboleros salteños, señala a la violencia de los barras como segundo factor determinante. Y en esta problemática, que salpica a la familia que se corre de la escena y a los seguidores genuinos, no solo entra a tallar el dirigente, aquel que convive muy cerca de los violentos, sino también el que debe garantizarle seguridad. Así se trate de 5, 20, 100 o 500 los que corren a miles de los estadios, el flagelo de los barras debe ser cuestión de Estado y se necesita ir más a fondo con las políticas de seguridad, como el derecho de admisión y el sistema de identificación a través de huellas dactilares, que se está implementando por estos tiempos, pero cuyos efectos positivos en la erradicación del mal carecen de consistencia.
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El alto costo de las entradas también tuvo su incidencia en el color perdido.
Por su parte, para muchos futboleros de la provincia la merma mencionada en los escenarios de la provincia se debe, en gran parte, a la ausencia de fanatismo de los hinchas. “Ir a la cancha pasó de moda”, respondió con ironía un hincha salteño a nuestra consigna, rememorando los clásicos de Argentino B entre Central Norte y Gimnasia y Tiro de hace ocho o nueve años, cuando esta categoría aún era una “novedad” y asistía un promedio superior a las 15 mil personas.
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Allí entra en escena el famoso sentido de pertenencia de “lo nuestro”, el cual queda de manifiesto cuando Boca a River, plagados de suplentes en algún eventual torneo de verano o Copa Argentina, vienen a Salta con equipos “muletto” y llenan el mundialista. Dato triste para quienes desean reconstruir la identidad de los colores de esta tierra, pero que no deja de ser una realidad.
Otros, en cambio, no se ponen colorados al reconocer que prefieren mirar por TV la maratón dominguera de la Primera División.
De un cúmulo de factores y de un fuerte compromiso colectivo de todos los actores que componemos el fútbol depende que esta tendencia cambie. Para que las tribunas vuelvan a estar llenas de gente y vacías de desilusiones. Y para el bien de todos. Desde el máximo dirigente hasta el último vendedor de choripán.

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