Escucharlo emociona y con solo mirar la templanza que transmiten sus ojos llena el alma. Bastó una hora y media de franco diálogo mano a mano con Carlitos Russo para recibir una cátedra del vivir y para darme cuenta de cuán pequeños somos, de cuánto a veces nos sentimos inútilmente desbordados por superfluos dramas cotidianos sin detenernos a pensar en el rico patrimonio que nos regala la vida minuto a minuto. En escasos nueve años de profesión, nunca el entrevistado me había enseñado tanto. Carlitos solo quería vivir, respirar y sentir su corazón latir. Y luchó con todas sus fuerzas para hacerlo realidad, para abrazar a su esposa, para tomar mates con su madre, para ir a la cancha con su viejo, para jugar con sus sobrinos y para proyectar una vida llena de luces y esperanzas. “Russito” es amado y recordado en los tres clubes donde jugó y todo el fútbol salteño, sin distinción, hizo causa común con su padecimiento. Por leal, laburador, generoso y buen tipo. Y porque este enorme gladiador fue consecuente con sus actos en sus 33 años de vida. Desde aquel pibe tozudo que no faltó a ningún entrenamiento en inferiores, ni hasta cuando no lo llamaban, a aquel hombre que ganó el partido más importante de su vida.
Gracias Carlitos. Por tu ejemplo y por enseñarme a vivir con tu testimonio.

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